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Las recientes filtraciones nos van mostrando las entretelas del poder real, eso que permanece oculto a la ciudadanía pero que determina las acciones que conducen a no pocos cambios en la vida de los países. Hemos sabido de corrupción, de evasión fiscal, de asesinatos extrajudiciales, de crímenes de guerra y hasta de torturas “democráticas” en el Iraq “liberado”. Pero las últimas revelaciones sobre la Fundación Soros tienen unas cuantas peculiaridades que conviene señalar. 


Quizás lo primero sea que no sólo sorprenda el silencio de la inmensa mayoría de los grandes medios, sino también el que mantienen algunos medios pequeños que se presentan como independientes pero que salen salpicados por dichos documentos. Nos encontramos ante unas revelaciones que deberían causar un auténtico terremoto pues afectan directamente a nuestro país y suponen la prueba evidente de la injerencia de una organización que no está sometida a ningún control, que no ha sido elegida por nadie y que responde fielmente a los planes de un multimillonario especulador que se cree en el rol, diríamos cuasi religioso, de modelar la realidad europea para servir a sus intereses ideológicos y lucrativos…. Algo que por otra parte va íntimamente ligado.

El señor Soros es un adinerado hombre de las finanzas que consiguió su fortuna tras realizar movimientos especulativos en el mercado global, sin importarle países o gentes, sin perder un segundo en considerar las consecuencias de sus acciones sobre esa sociedad civil abierta que dice pretender.

Para un magnate de estas características el eufemismo “sociedad civil” significa una sociedad teledirigida por sus propios posicionamientos sobre un mundo en el que los estados nación estén por debajo de las lógicas de un capitalismo global al que estorban tanto las leyes emanadas de la voluntad popular como la soberanía para decidir acerca de los propios asuntos. Todo en la lógica de que la única sociedad posible es la que marcan los estándares de la democracia estadounidense y que todos los países occidentales deben plegarse al liderazgo global ejercido por la superpotencia; y en el marco de la redefinición de ese espacio postsoviético europeo que busca la contención de Rusia y su desconexión con una Europa que, de mantener buena vecindad, ganaría en independencia frente al diseño de una UE irrelevante en política exterior o militar, por su sumisión a las prerrogativas de la estrategia estadounidense.



Las ideas que promueve generosamente Soros no son nuevas. De largo nos suenan en las voces de otros actores, desde el gobierno mundial de algunos prominentes banqueros hasta el supuesto humanitarismo cosmopolita. Todos buscan romper la soberanía nacional como derecho que recoge con toda claridad la Carta de Naciones Unidas. En su objetivo, un mundo donde la soberanía sea condicional y resulte superada por un nuevo marco de relaciones internacionales donde primen los intereses de una minoría coincidente con un poder financiero de cabeza angloamericana.

Los documentos que hemos conocido revisten una peligrosidad evidente. En ellos se habla con claridad de la finalidad de modelar la opinión pública europea para acompañar el desplazamiento de poder ilegal, golpe blando, que se produjo en Ucrania en lo que se denominó Euromaidan. Tras este derrocamiento en el que se emplearon como ariete elementos paramilitares neonazis y francotiradores, asoman las figuras que promovieron y financiaron la desestabilización de este pivote estratégico que asegura la desconexión con el vecino ruso.

Son los mismos nombres que se ocultan tras las llamadas “revoluciones de colores” que definieron una frontera en expansión, que apuntan a dicha contención y que incumplen los acuerdos verbales tomados tras la disolución de la Unión Soviética usando la expansión de la OTAN y la de una UE posicionada hacia una visión atlántica de corte neoliberal. El de Soros es uno de esos nombres destacados que no rechaza su implicación y que hace gala de sus actividades de intromisión escudado en una coartada cosmopolita y liberadora amplificada por las grandes transnacionales de la información.


Lo grave de estas filtraciones es la constatación de un engranaje que funciona a la manera de un cuartel general, con diseños de planes estratégicos implementados por una especie de servicio de inteligencia perfectamente engrasado gracias a los millones de dólares que provee el imperio Soros. Confieso que salir en sus listas no me hace ninguna gracia, en una me señalan como creador de opinión “prorrusa” y en otras como elemento a tocar por ser supuestamente confiable, en lo que parece una maniobra de confusión o de chapucería. Las líneas de mi actuación en el Parlamento Europeo, tanto en la Comisión de Asuntos Exteriores como en la Subcomisión de Seguridad y Defensa, han sido claras y consecuentes con la Carta de Naciones Unidas, la defensa de la buena vecindad y el compromiso con un mundo multipolar regido por el Derecho Internacional.

Mi oposición, consecuente con los programas de Izquierda Unida, a la expansión de la OTAN y a la remilitarización de Europa, mi compromiso con políticas de paz frente a la destrucción de los estados seculares en Oriente Medio, y la creencia en la soberanía de los pueblos frente a los mercados, habrán dejado claro a los asalariados de Soros que los diputados y diputadas de IU defendemos lo contrario al accionar desestabilizador de su patrón. Es más, hemos sido de los pocos grupos en mantener nuestra oposición al golpe perpetrado en Ucrania que condujo a una nueva guerra en Europa y a cambios tectónicos que nos llevan a una reeditada tensión bélica con nuestra vecindad Este a la que se une el desastre inducido por los mismos actores en el arco Mediterráneo.



Salir en una lista negra ideológica elaborada por dos empleados del magnate me preocupa y me indigna. Preocupación por ser señalado por un poderoso especulador con ínfulas de gobernante global no elegido, e indignación por comprobar el señalamiento a voces críticas que, en el uso de su legítima libertad de expresión, se posicionan ante aspectos que nos afectan a todos. Comprobar el monitoreo a representantes públicos elegidos por mandato democrático para interferir en su representación de la ciudadanía, o la propuesta para influir en el trabajo periodístico de acuerdo con intereses ajenos, nos debe alertar sobre el peligro que suponen estas opacas fundaciones que deberían ser objeto de acciones contundentes de denuncia e investigación.

Me pregunto si en el ordenamiento jurídico español y/o en la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea están permitidas las listas ideológicas o la investigación sobre diputados electos con el objetivo de influir en su trabajo y, de ser así, me pregunto qué deberíamos hacer para evitarlo, para tener conocimiento de ello y actuar en consecuencia, con toda la fuerza de la ley. La libertad de opinión y la independencia de los representantes públicos es la base fundamental para el desarrollo la normalidad democrática, algo que a todas luces se amenaza con el ejercicio de acciones oscuras, y sinceramente espero que ilegales, de la Fundación Soros.

Se deberían explorar los aspectos legales e institucionales que permitan exigir las correspondientes explicaciones ante este intolerable ejercicio de amenaza a la libertad de expresión y al accionar político democrático. Nos compete defender nuestros valores fundamentales ante la perversa intención de millonarios que se creen con la potestad, que les da el dinero, de modelar y condicionar a las opiniones públicas de acuerdo con sus intereses políticos que, al final, son los mismos intereses de una élite global que se posiciona y actúa por encima del poder político, hasta ahora, impunemente.

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