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En una época en la que aquel que llegaba primero a un lugar y se asentaba se convertía en el legítimo propietario de esas tierras, el Imperio Británico quiso poseer una de sus primeras colonias en América. Tres años después, no se sabe cómo, todos los colonos habían desaparecido sin dejar rastro.


Tras la llegada de Cristóbal Colón al Nuevo Mundo, bautizado posteriormente como América, muchos fueron las naciones que quisieron enviar diferentes expediciones al continente con el fin de poseer colonias, en una época en la que aquel que llegaba primero a un lugar y se asentaba se convertía en el legítimo propietario de esas tierras.

En 4 de julio 1584 llegaba a Norteamérica la primera expedición de colonos británicos, portando consigo un documento firmado por la reina Isabel I en el que les facultaba a colonizar aquel lugar. El sitio geográfico al que arribaron era la isla de Roanoke, situada frente a las costas de lo que hoy es el Estado de Carolina del Norte.

Aquel primer grupo de ingleses en el nuevo continente inspeccionó el terreno y entraron en contacto con las tribus nativas que allí residían: los croatoan y los secotan. Tras tomar buena nota de todo lo que allí les esperaba, volvieron de vuelta al Reino Unido para dar los correspondientes informes a sir Walter Raleigh, la persona designada por la reina para organizar la colonización de Norteamérica.

Al año siguiente se envió de nuevo otra expedición, esta vez más numerosa, aunque solo compuesta de colonos varones, con el fin de que adecuasen un poblado (con sus respectivas casas) en las que residirían las familias que serían enviadas en la siguiente tanda.

Fue en 1587 cuando llegaron los primeros barcos con 90 hombres, 17 mujeres y 11 niños que serían los pioneros de los colonos llegados del Reino Unido. Entre todos ellos se encontraba una mujer embarazada (hija de John White, quien comandaba dicha expedición). Eleanor, que así era como se llamaba la joven, daría a luz poco tiempo después (el 18 de agosto de aquel mismo año) a una niña que bautizarían con el nombre de Virginia, el mismo que se le dio a la colonia, convirtiéndose en la primera descendiente de británicos nacida en Norteamérica.
Bautismo de Virginia Dare la primera británica nacida en América (Wikimedia commons)

En el lugar donde esperaban encontrar las casas donde residir, tal y como se planeó en el anterior viaje, no había absolutamente nada, a excepción del esqueleto de alguno de los miembros de la expedición anterior. Hubo que empezar de cero en aquella nueva tierra, además de encontrarse con algunas hostilidades por parte de los nativos.

John White se convirtió en el gobernador de aquella nueva colonia  con la esperanza de convertirla en próspera. Los problemas con los que se encontraron hicieron que que White decidiese viajar a finales de ese mismo año de vuelta a Inglaterra para dar cumplida información a la reina y regresar cuanto antes con más colonos, materiales y víveres.

Pero la llegada de John White al Reino Unido coincidió con el momento de mayor crudeza en la guerra anglo-española, por lo que su vuelta a la colonia en la isla de Roanoke se retrasó más de lo esperado, a causa de que los británicos necesitaban todos sus efectivos y barcos para enfrentarse a la Armada Invencible del Imperio Español.

Esto hizo que hasta después de un año no pudiera enviar un par de pequeñas embarcaciones cargadas con todo lo que necesitaban los colonos, pero la mala suerte hizo que se cruzaran con barcos españolas que apresaron todo ese botín. La situación era desesperante y White sentía que cuanto más tardase peor lo estarían pasando todos aquellos que se quedaron en el Nuevo Mundo. Especialmente se acordaba de su hija y su pequeña nieta Virginia, a la que no veía desde que tenía muy poquitos meses de vida.

No fue hasta bien entrado el año 1590 (dos y medio después de su partida) cuando consiguió reunir una tripulación adecuada y todo lo necesario para volver a la isla de Roanoke, pero cuando llegaron allí el destino les estaba guardando otra mala pasada como la vez anterior: no había ni rastro de los colonos que allí había dejado y ni tan siquiera de las casas que se habían levantado antes de su marcha en 1587.


Parecía que se les hubiera tragado la tierra. No había señales de violencia, huellas, ni señal alguna de qué podría haber pasado allí durante sus tres años de ausencia. Tan solo se encontró dos simples y enigmáticas señales, una inscripción en un poste que ponía ‘croatoan’ y otra con un simple ‘cro’.
Todo parecía indicar que podrían estar con los nativos de esa tribu, pero ¿dónde? ¿por qué? ¿se fueron obligados o por su propia voluntad?
Infinidad de preguntas a las que White era incapaz de encontrar respuesta. Durante dos meses buscó incansablemente pero en octubre de 1590 decidió finalmente dar todo por perdido y volver a Inglaterra con la pena de no volver a saber nada de sus seres queridos y de todos los componentes de aquella colonia perdida.

El destino de esas personas hoy en día continúa siendo una incógnita y muchas son las hipótesis que se barajan sobre qué es lo que les pudo suceder: desde ser apresados por colonos españoles que acabaron con ellos, a huir hacia el continente y allí tomar diferentes rumbos. Aunque una de las que más fuerza tiene es la que señala que ante la carestía de víveres, los colonos optaron por trasladarse a vivir a otra isla donde residían los miembros de la tribu croatoan, quienes les habrían acogido y dado cobijo. Eso también podría explicar el porqué entre los nativos actuales, cuatro siglos después, hay rasgos caucásicos (como ojos claros y pelo rubio).


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